Hasta aquel momento me habías dado igual, pero los primeros acordes que ofrecieron los músicos poco después de entrar al vagón en Moncloa fueron los del precioso pasodoble, por eso no pude evitar la tentación de sacarte a bailar. ¡Con qué cara me miraste cuando te tendí la mano! Te pusiste colorada, pero aceptaste y, así, comenzamos. Me fijé, mientras te llevaba entre los brazos, en que, al poco, otras personas iban haciendo lo mismo. Se miraban primero, se aceptaban después y, al final, se abrazaban y bailaban: el señor del traje con la señora del chándal, la de verde con el rapero, la del piercing con el del tatuaje, la del peinado kale borroka con el de la camisa rosa Lacoste, el de los ojos azules con el de los labios carnosos y pelo largo, el de las manos grandes con el que llevaba el manual de Derecho Civil abierto por la página 1404, la de las rastas con la de gafas, los unos con los otros.
En sendas sillas de niños -¿recuerdas?-, unos bebés se tocaban mutuamente las manos mientras sus madres disfrutaban de la música, en la parte del solo de saxofón, amablemente abrazadas. Los más tímidos permanecían en los asientos a la espera de alguien que los sacase a bailar, lo cual siempre se producía, bien en una estación, bien en otra. Pasada Avenida de América, todo el vagón era danza al compás de una música feliz y subterránea, y llegar cada uno a su destino era una despedida dolorosa y para siempre.
Nunca he vuelto a ver a aquellos músicos. ¿Y tú? Ahora han puesto televisión en el metro y la gente la mira enfadada mientras escucha cada uno su música en el mp3.





