No pienso llamarlo ’sexo’

Se me ha vestido, con los años,

de novia la cabeza.

Just for men no me llama,

querida Lady Grecian.

La curva de tus labios aún me excita;

sigue anotado entre mis folios

aquel beso.

Tus piernas tras la falda

me siguen atrayendo.

Tu mar, la mer,

toujours recommencée,

no llega a ahogarme

y navego;

tu piel, tan salpicada,

es un espejo

en el que se refleja el firmamento.

Tu pelo me señala

la dirección del viento.

Tus pechos se endurecen

con mis manos

y suspiras,

y de tus gritos yo respiro el aliento.

(Del Diario impersonal del Arcipreste de Ítaca, vividor, tarambana y sabio)

Publicado en on Julio 31, 2007 at 10:21 am Comentarios (0)

Post it

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Publicado en on Julio 30, 2007 at 1:22 pm Comentarios (5)

Cuando me paro a contemplar mi estado

C

umples la semana que viene treinta y seis años. Treinta y seis, y tal vez te encuentres, como Dante, nel mezzo del cammin di nostra vita, y buscas el lasciate ogni speranza, voi ch’intrate entre los carteles publicitarios y los neones, entre las caderas tatuadas, en las páginas de los periódicos, en los televisores del metro y en el cuadro que devuelve el espejo del ascensor. Te gustaría parar un momento, ¿verdad?, para entenderlo. Todo te ha pillado por sorpresa, como quien dice. Te gustaría saber quién eres tú, más allá de los nombres y de los hombres, conocer lo que está en lo hondo, donde tú ya no eres Duarte ni eres E ni eres nadie; donde ocurrieron y ocurren y ocurrirán las cosas todas a la vez sin tiempo que lo impida; donde no tienes sexo ni lenguaje ni voz. Donde no hay posesiones, donde otros no llegan, donde sólo estás tú, tan bien acompañado de tu propia ausencia. Te gustaría parar un momento, ¿verdad?, para entenderlo. Pero no se puede parar. Nadie puede pararlo. Por eso lo escribes. Así comprenderás. Treinta y seis años. Los más mayores te dirán ¡un crío!, pero sabes que ellos también lo llevan en el pecho y les duele lo mismo. Eso no te consuela. Lo mejor es celebrarlo. ¡Y qué mejor regalo…!

Publicado en on Julio 27, 2007 at 1:05 pm Comentarios (6)

De Adriano

A

driano crece y juega y ríe y llora y aprende y me tira de las orejas y me mete el dedo en la nariz y me llama cuando estoy ocupado y tira de mi mano para que lo acompañe y no quiere comer la fruta —¡no, no, no, no no!y sus pedos huelen fatal y me echa sonrisas y descoloca los libros y le encanta encender el lavavajillas y me tira besos desde lejos y no quiere salirse de la bañera y lanza por el balcón mis cosas a la calle y me hace pedorretas y se alegra de verme y me ha dicho V que metió una galleta maría en el dvd y le gusta buscar la Luna en el cielo y encuentra todos los aviones y le duelen los dientes y se pone mimoso y nos vamos a la camita y me tumbo con él y se queda dormido contra mí y si me voy de la habitación me llama y me señala con su mano el lugar donde quiere que me tumbe, a su lado, a su ladito. Y se vuelve a dormir, cubierto de besos, de besitos.

Es el hombre de mi vida.

Publicado en on Julio 25, 2007 at 2:13 pm Comentarios (5)

Del nudo en el estómago

E

l amor crea un pasado como por encantamiento y nos rodea de él. Nos da, por así decirlo, la conciencia de haber vivido durante años con un ser que no hace mucho nos resultaba casi extraño. El amor es sólo un punto luminoso, y sin embargo parece apoderarse del tiempo. Hace unos días no existía, pronto dejará de existir, pero mientras existe, expande su luz tanto sobre la época que lo ha precedido como sobre la que debe seguirlo. 

Benjamin Constant, Adolphe (1816).

 

 

 

Publicado en on at 10:24 am Comentarios (0)

De las ovejas negras

Estaba yo rememorando en el balcón unos versos de Jaime Gil de Biedma y me dio por pensar que tal vez Jaime Gil de Biedma tuviera en vida algún parentesco con Esperanza Aguirre Gil de lo mismo.  No lo sé, pero el caso es que a Jaime Gil de Biedma le pega mucho tener en la familia a Esperanza Aguirre (él, tan decadente, tan venido a menos, tan artista, tan genial, tan poeta).

-Duarte, ¿y ella?

-Ella… tan así…

-Así ¿cómo?

-Así… no sé… Tan así… 

Publicado en on Julio 17, 2007 at 11:49 am Comentarios (1)

Publicado en on Julio 13, 2007 at 11:18 am Comments Off

De la amistad

P

ese a que Leopoldo B. y Federico N. aparentaban una amistad cordial, se odiaban ferozmente. Nadie conocía esta enemistad entre ellos, la cual se vino consolidando durante la última década por motivos que no vienen al caso en esta historia.

Una noche, Federico quiso experimentar hasta dónde podría llegar Leopoldo y hasta dónde podría llegar él mismo, por lo que provocó una discusión envenenada, fruto de la cual Leopoldo le arreó un certero puñetazo en la mandíbula y lo tiró al suelo de la cocina, contra el que se dio un golpe seco en la cabeza. Federico no sufrió más daño que el que se puede imaginar el lector, pero decidió hacerse el muerto para ver si conseguía arrancar del rostro de su agresor algún signo de arrepentimiento, de tristeza o de amor. Aprovechando su conocimiento de las técnicas de respiración que había aprendido en el curso de yoga, se relajó y redujo su ritmo respiratorio a intervalos de tres minutos, de manera que Leopoldo se imaginase lo peor.

Federico, abriendo los ojos de manera imperceptible, veía cómo Leopoldo lo miraba desconcertado. Vio cómo sacaba su pañuelo de la chaqueta y creyó, soberbio, que las lágrimas aparecerían acto seguido. Pero Leopoldo, lejos de llorar, enrolló su pañuelo, se agachó, juntó las manos de Federico y se las ató. Federico disfrutaba del engaño y se reafirmaba en el odio hacia su amigo. Después, Leopoldo arrastró de los pies a Federico y lo llevó al salón, donde lo colocó sobre la alfombra. Federico permanecía callado y quieto, lleno de curiosidad y enfadado por no apreciar en su agresor signos de dolor. Luego observó cómo comenzaba a enrollarlo en la alfombra, dándole vueltas y más vueltas. Federico se asustó y sintió miedo, pero la presión de la alfombra sobre su cuerpo le impedía ya hacer cualquier movimiento y emitir cualquier sonido. Notó aterrorizado cómo ataba con una cuerda la alfombra y cómo la cargaba sobre sus espaldas. Sintió cómo bajaba las escaleras y cómo abría el maletero del coche, donde depositó la alfombra con él dentro. Oyó el ruido del motor y de la puerta automática del garaje.

Federico nunca supo nada más de sí mismo. Y nadie supo nunca nada más de Federico, pero todos acompañaron en el dolor a Leopoldo, extrañadísimo por la desaparición de su amigo y tristísimo por haber sido abandonado.

Publicado en on Julio 12, 2007 at 9:36 am Comentarios (10)

Manzalvos

Manzalvos

Publicado en on Julio 11, 2007 at 3:18 pm Comentarios (1)

De los requiebros amorosos

C

uando una mujer pasa junto a una piara de hombres suele haber entre ellos unanimidad a la hora de decidir si se le suelta piropo o no. Existe, digo, una unanimidad de fondo; sin embargo, en la forma hay discrepancias que, por lo menos en lo geográfico, alejan a los miembros de la manada entre sí, pues unos dicen que pondrían a la piropeada mujer mirando a Pamplona, otros mirando a Zaragoza, otros a Tafalla, otros a Cuenca, otros a Formentera, otros a Navalcarnero; pa Chamberí los más castizos… Otros dicen que mirando a Benidorm y otros, más europeístas, que mirando a Bruselas.

—¡Mirando pa tu puta madre, impotente!, le contestó una vez una mujer a un compañero de trabajo que tuve.

Lo que más le dolió fue lo de impotente, palabra que parece que ningún hombre quisiera escuchar referido a sí mismo de la boca de una mujer, más por deshonor que por otra cosa. Tal vez fuera por cosa del honor por lo que esa misma tarde mi querido compañero decidiera irse de putas y se lo pasara a lo grande, según nos contó a todos al día siguiente por la mañana mientras tomábamos café en el bar.

Publicado en on Julio 4, 2007 at 11:26 am Comentarios (7)