Por unas cosas que estoy haciendo estos días, tengo que lidiar con una curiosa palabra que se ha colado por una de las muchas grietas que amenazan las paredes de la universidad española desde siempre. Se trata de prerrequisito, y viene a significar, en el contexto en que aparece, exactamente lo mismo que requisito, que es la palabra que comúnmente se usa para referirse a la circunstancia o condición necesaria para algo, según el DRAE.
Era
Era una tarde, mal y nunca;
era un amor cortés sin lo valiente,
una ocasión pintada de pelona.
Era que tú, salida de emergencia;
era que yo, hasta el fondo a la derecha;
tus piernas, el rosario de la aurora.
Era que todo verbo era
—igual que ser, estar,
que parecer, que resultar—
copulativo.
Y no era nada, nada, nada, nada, nada, nada, nada…
¡Maldición! ¡Maldición! ¡Maldición!
Al llegar de trabajar, sin pasar por casa a dejar las cosas, he ido al parque. Llevaba en la mano dos libros: Tiempo en claro, de Octavio Paz y el de Ricardo Castillo del otro día. Dentro de éste llevaba, además, un porrón de hojas sueltas con versos del Arcipreste. Cosas de hace tiempo, correcciones, cosas nuevas manuscritas, más correcciones… Todo sin guardar, sin copia. Los he perdido. He vuelto al parque. El libro estaba hecho fascículos por entre los columpios, debajo del tobogán, por el arenero… Poco a poco he ido recuperando páginas, quitándoselas de las manos a los niños, metiendo la mano por aquí y por allá ante la mirada extrañada de numerosos padres, madres, abuelas y abuelos.. No sé cuántas habré rescatado, luego miraré. Pero lo que más me duele es que no había ni rastro de los poemas del de Ítaca; se habrán desintegrado, tal vez por malos. Y si alguien se los ha llevado, seguro que lo flipa. Una madre me ha dicho: No, si yo ya le dije a la niña que no rompiera el libro, pero no me ha hecho caso. Como sólo se me ocurrían iracundas respuestas, decidí contar, por lo menos, hasta diez. Sigo contando. Voy por ochocientos cuarenta y tres mil. Y sigo queriendo contestarle aquello de Delenda est Carthago, pero cambiando Carthago por el nombre de la madre o por el de la madre que parió a la madre.
Ochocientos cuarenta y tres mil uno, ochocientos cuarenta y tres mil dos, ochocientos cuarenta y tres mil tres… ¡Cómo puedo estar tan gilipollas! ¡Joder! ¡Mierda! ¡Puta mierda! Perdón. Ochocientos cuarenta y tres mil cuatro, ochocientos cuarenta y tres mil cinco (no pongáis rima), etc.
Temazo
Casi me pilla mi jefa bailando el What Does It Take To Win Your Love de Johnny Bristol.
Y después, el de Junior Walker.
Ricardo Castillo
Ayer me pasé un momento por la librería del Fondo de Cultura Económica que hay por Moncloa y me encontré con un librito que me encantó nada más abrirlo por la mitad y leer:
| Pin uno, Pin dos
Son las diez de la noche. De nada sirven los 600 gramos de felicidad que ha ahorrado mi padre. Prevalece una agitación de ladrones en el seno familiar y cada quien declina con su particular manera de verter la sangre. Parece como si el movimiento fuera la bancarrota, como si el amor fuera tan sólo cosas de adolescentes. Mi padre nos quiere, mi madre nos ama porque hemos logrado ser una familia unida, amante de la tranquilidad. Pero ahora que son las diez de la noche, ahora que como de costumbre nadie tiene nada que hacer propongo cerrar puertas y ventanas y abrir la llave de gas. |
Se titula (contiene dos poemarios) El pobrecito Señor X / La oruga (1980) y el autor es Ricardo Castillo (Guadalajara, México, 1954), de quien no había oído hablar en mi vida, seguramente más por desconocimiento mío que por falta de fama suya, porque el libro es estupendo. Ahora miraré por el google.
Caligrafía
Sobre la cama
—hoja blanca—
nuestros cuerpos
—no versos.
Tú encima de mí
—el punto sobre la i—
o tú debajo
—la o termina en un lazo—
o a cuatro rayas
—pintamos patas.
El oro de los tigres
Trepar por el armario
y colocarme encima
como un demonio
corcovado,
y tú en la cama,
abajo.
Y yo muerto de miedo:
—¡No salto!
Y tú muerta de risa:
—¡Salta, hombre, salta!
¡Quién te volviera a soñar!
Ayer por la noche, mientras leía un capítulo del Libro de Abadie en la terraza, pasaban tres chavalillas dando los últimos coletazos de las vacaciones y hablando de lo rápido que se les había pasado el verano. Y me acordé de aquellos interminables domingos de misa, comida, paseos por la carretera, visitas, deberes de matemáticas… Aquellos domingos que resultaron no ser eternos, mierda.


