Comenzó por comerse las tildes; siguió por comerse los signos de puntuación y, cuando creía que terminaría por comerse la hache, se mordió la lengua, se la tragó, se quedó sin ella y enmudeció de dolor.
¡Tuvo que ser terrible!
Comenzó por comerse las tildes; siguió por comerse los signos de puntuación y, cuando creía que terminaría por comerse la hache, se mordió la lengua, se la tragó, se quedó sin ella y enmudeció de dolor.
¡Tuvo que ser terrible!
A mí, por la cuenta que me tiene, me resultan interesantes estas reflexiones hechas por Emilio Calatayud, Juez de Menores de Granada, que participó en las II Jornadas sobre Prevención de Drogodependencias organizadas por FEPEL:
Cuando nos despedíamos, luego de abrazarnos con apasionada ternura, esa mujer morena y guapa, de extraños ojos claros y buen cuerpo, me advirtió:
—Tengamos mucho cuidado, amor; mi marido en vez de cuernos tiene antenas.
René Avilés Fabila, Cuentos de hadas amorosas y otros textos. México D. F., FCE, 1998.
No fue amor,
sólo el deseo egoísta
de alcanzar un orgasmo
y el trabajo generoso
de provocarlo.
No fue amor,
faltó lo malo,
que el amor no es dulce:
el dolor amargo
y el sexo salado.
Esta mañana me ha ocurrido algo curiosísimo, de esas cosas que se dicen y no se creen:
He llegado a trabajar y resulta que todo estaba cerrado porque es día no lectivo en esta facultad debido a que se celebra la apertura de curso. Me siento mayor, sin reflejos…
El vigilante, que me conoce, me ha dejado pasar, así que me tomo un café de la máquina, escribo esto y me vuelvo a casa, que nunca he podido ir a buscar a Adriano a la salida de la guardería. Y hoy no hay cosa en el mundo que me apetezca más hacer.