Cotidie morimur

28 Noviembre 2007

La belleza de los actos cotidianos. Tus patadas para echarme de la cama. Buscar a tientas calzoncillos, calcetines, cal y arena. Enjabonarme con caricias esponjosas, espumosas, especiales, a las seis de la mañana. El café, las monedas, su tabaco, gracias, muchas gracias. Perjudica gravemente la salud. Ir a trabajar cuando es de noche. Madrid contaminando su horizonte. Decirle a los chavales Buenos días, chavalotes. Hola, profe; ¿nos cambias el examen? Si os quitáis el chándal algún día y los anillos y ese oro. Tu sonrisa cuando sabes la respuesta. Que no me traigan hechos los deberes. Que deseen la hora del recreo. Que no sepan que la espero más que ellos. Que se acerque el momento de salir. El atasco de narices, de pelotas, de automóviles. Que me pites si circulo despacito. ¡Que te den por donde amargan los pepinos! Que no haya aparcamiento o que llegue la factura de la luz o la fractura del dentista. Que mi niño no quiera merendar, que mi niña se duerma entre mis sueños. Que me hayas esperado todo el día. Y que lloren por la noche, y otra noche y otra noche y otra noche sin dormir. La belleza de los actos cotidianos. Tus patadas para echarme de la cama. Saber que hablo conmigo, saber que me hablo a mí.

Luna

20 Noviembre 2007

duda

 Lo que más me sorprendió de lo del follón de la cumbre iberoamericana no fue lo de Chávez —que es como ese amigo conocido que todos tenemos y que no sabemos si invitar a una fiesta porque tememos que, como siempre, la acabe jodiendo— ni lo de Evo Morales al fondo  —que, como un colegial, reía mientras Chávez interrumpía, y disimulaba y se ponía como el Pensador de Rodin cuando Zapatero miraba hacia donde él se encontraba— ni la cara de Trinidad Jiménez —que parecía figura de cera o carnemomia— ni lo de Ortega —cervantino Pentapolín del Arremangado Brazo en una taberna valleinclanesca— ni la cara de la mujer morena y bella que se le sentaba detrás —que veía con ojos bonitos cómo la cosa se ponía fea— ni el dedo en la mejilla de Moratinos —que era como la famosa foto de otro Ortega (y Gasset)— ni el ‘por supuesto… por supuesto…’ de Zapatero —que resultó muy ilustrativo— ni las palabras regias —que ¡quién se las podía imaginar!

Lo que más me llamó la atención fue el silencio. De los corderos.

Se extiende el uso de llamar al corazón ‘patata’:

Patata

Puede ser que dicho uso esté motivado por el deseo inconsciente de tener un corazón protegido, recubierto de piel, menos expuesto, más duro, al que no le duelan las cosas. Imposible:

patata 2