Lo que más me sorprendió de lo del follón de la cumbre iberoamericana no fue lo de Chávez —que es como ese amigo conocido que todos tenemos y que no sabemos si invitar a una fiesta porque tememos que, como siempre, la acabe jodiendo— ni lo de Evo Morales al fondo —que, como un colegial, reía mientras Chávez interrumpía, y disimulaba y se ponía como el Pensador de Rodin cuando Zapatero miraba hacia donde él se encontraba— ni la cara de Trinidad Jiménez —que parecía figura de cera o carnemomia— ni lo de Ortega —cervantino Pentapolín del Arremangado Brazo en una taberna valleinclanesca— ni la cara de la mujer morena y bella que se le sentaba detrás —que veía con ojos bonitos cómo la cosa se ponía fea— ni el dedo en la mejilla de Moratinos —que era como la famosa foto de otro Ortega (y Gasset)— ni el ‘por supuesto… por supuesto…’ de Zapatero —que resultó muy ilustrativo— ni las palabras regias —que ¡quién se las podía imaginar!
Lo que más me llamó la atención fue el silencio. De los corderos.
mi querido amigo… a veces es mejor eludir las verdades con silencios. total, siempre hay otros que adornan el circo.
el cordero bien guardado está, por las dudas. nadie se ha planteado a pensar si lo que decía chavez era cierto. solo ha quedado aquella escena fatídica en la forma equivoca de expresarse un diplomático.
vete a saber, cuántas cosas más le decía el rey por dentro a chavez. y no hablemos del cordero, pensaría…”te volvería hacer otro golpe de estado”.
viva la liberté!
besitos manzalvos.
mr
Mi madre siempre decía “Eres dueño de lo que callas y esclavo de lo que dices”. (Pero ni así consiguió que yo dejara de ser una bocazas)