Duermes sobre la cama blanca,
angelical, dulce, rendida.
Un rayo de la tarde atraviesa las cortinas
y se posa en tu hombro
y te acaricia
y pasea en tu brazo
y juega con tus dedos
-se entrelazan-
y da un salto
y vuela hasta tu frente
y recorre tu mejilla
e ilumina tu cara.
Y luego sigue por tu cuello
con ansias de llegar hasta tu pecho,
como quien tiene sed hacia la fuente.
Entonces, tú respiras y te tensas,
y sintiendo cerca la corriente
corriendo vuelve el rayo a re-
correrte.