Verba volant
6 Agosto 2009
Para mí, escribir sin bolígrafo es muy laborioso:
Primero recorto las letras por su contorno, teniendo cuidado de no salirme y de no dejar ningún pico blanco en algún vértice, todo ello esquivando las vampíricas puntas de las tijeras. Recortar una «g» suele llevarme toda una mañana.
Una vez que tengo la suficiente cantidad de letras (necesito miles de cada una por las aliteraciones, además de las dichosas tildes y los otros signos de puntuación) y listo el pegamento, y me dispongo a unirlas —sílabas, palabras, oraciones, párrafos, libro—, entra un viento por la ventana y las nieva por el despacho. Luego, mientras las recojo y las clasifico de nuevo, envejezco y muero.
Y así todos los días.
¡Es gae!
4 Marzo 2009
Érase una vez un no tan joven infeliz que malvivía del oficio de escribir discursos. Escribía discursos para bodas, discursos para inauguraciones, discursos para pregones de fiestas en capitales de provincia, discursos políticos para la oposición municipal o discursos encargados por el gobierno autonómico, discursos para mítines y cierres de campaña, discursos académicos, discursos suspensivos… Dicen los más informados que llegó a escribir más de un sermón dominical y alguna pastoral, y que «algo no baladí» tuvo que ver en cierta encíclica muy famosa.