Fútbol y tiempo
26 Agosto 2009
Recuerdo el día en que comenzaron a hacer el campo de fútbol. Llegaron unas máquinas excavadoras, abrieron un claro entre los matorrales —toxos, uces, xestas e carqueixas— de cien metros de largo por cincuenta y cinco de ancho, lo allanaron bien con una apisonadora y lo cercaron con bloques de cemento. Después trajeron unas porterías de siete treinta de ancho por dos cuarenta de alto y las plantaron en ambos fondos. Las gradas, de a pie.
Recuerdo el día en que terminaron de hacer el campo de fútbol. No puedo asegurarlo, pero diría que fui de los primeros niños que corrieron su banda derecha, cosa que no puedo decir con respecto a lo de meter el primer gol ni aun el enésimo, ¡ah, los dichosos goles! Después me hice portero. La portería es el lugar idóneo para jugar al fútbol y comerse la merienda a la vez. Hay que tener cuidado, eso sí, de dejarla resguardada cuando atacan los contrarios, no vaya a ser que, además del gol —en caso de haberlo—, se quede uno sin bocadillo. Digo que «en caso de haberlo» porque los contrarios atacaban también con su bocadillo en la mano, y también cuidando de que no se les cayese.
Estuve dando un paseo por allí el otro día.

Paseé entre los matorrales —toxos, uces, xestas e carqueixas. Algún pardal anida en la maleza.

La crisis del campo no es cosa únicamente de invernaderos ni de precios, sino de un dignísimo modo de vida que muere sin auxilio y de un campo —locus amoenus— que se hace selva, sin gentes que lo aren, sin bestias que lo pasten, que lo rumien, sin niños que lo jueguen dejándose la piel entre sus zarzas. Quizás, también, sin esperanza.
Vestigio y memoria de tiempos más poblados.