Del maltrato al idioma

Es curioso comprobar cómo hoy el ABC, tan academicista él, escribe así:

“En sus años de gloria encharcada, a seguido de la independencia en 1992 y hasta 1994, Karadzic fue uno de los caudillos de una rebelión armada que más deferencia mundial hayan recabado entre los grandes. Muchas manos blanquísimas que estrecharon la suya tal vez sigan sintiéndose, por mucho lavado, impregnadas por la indecencia de las más de 200.000 víctimas y 1,5 millones de deportados para conquistar un 70% de Bosnia, los primeros campos de concentración (Omarska y Prijedor) y la mayor matanza (Srebrenica, con más de 7.000 asesinados, y Zepa) en Europa desde 1945″.

-Bueno, Duarte… Al fin y al cabo, pese a la sintaxis y a la retórica, el sentido se entiende.

-Será que se intuye.

-Será.

-¿Qué será?

-¿Qué?

-Será.

-¡Ah!

Publicado en on Julio 23, 2008 at 9:19 am Comentarios (3)

Recordanzas

Me gustaría aprovechar el poco tiempo de que dispongo últimamente para recomendar el blog de René Avilés Fabila, autor mexicano cuya obra, ya lo dije aquí otro día, desconozco, a no ser su libro Cuentos de hadas amorosas y otros textos, el cual me parece espléndido por muchos motivos como, por ejemplo, los temas, el estilo y las técnicas narrativa y descriptiva. Para muestra, un botón:

Siete minificciones de René.

Publicado en on Diciembre 12, 2007 at 2:33 pm Comentarios (1)

La mujer ideal

Cuando nos despedíamos, luego de abrazarnos con apasionada ternura, esa mujer morena y guapa, de extraños ojos claros y buen cuerpo, me advirtió:

—Tengamos mucho cuidado, amor; mi marido en vez de cuernos tiene antenas.

 René Avilés Fabila, Cuentos de hadas amorosas y otros textos. México D. F., FCE, 1998.

Publicado en on Octubre 29, 2007 at 12:48 pm Comentarios (1)

Bandeja de entrada

Una feliz noticia.

Publicado en on Octubre 16, 2007 at 2:39 pm Comentarios (3)

Ricardo Castillo

Ayer me pasé un momento por la librería del Fondo de Cultura Económica que hay por Moncloa y me encontré con un librito que me encantó nada más abrirlo por la mitad y leer:

 

 

Pin uno, Pin dos

Son las diez de la noche.

De nada sirven los 600 gramos de felicidad

que ha ahorrado mi padre.

Prevalece una agitación de ladrones en el seno familiar

y cada quien declina

con su particular manera de verter la sangre.

Parece como si el movimiento fuera la bancarrota,

como si el amor fuera tan sólo cosas de adolescentes.

Mi padre nos quiere,

mi madre nos ama

porque hemos logrado ser una familia unida, amante de la tranquilidad.

Pero ahora que son las diez de la noche,

ahora que como de costumbre nadie tiene nada que hacer

propongo cerrar puertas y ventanas

y abrir la llave de gas.

 

 

Se titula (contiene dos poemarios) El pobrecito Señor X / La oruga (1980) y el autor es Ricardo Castillo (Guadalajara, México, 1954), de quien no había oído hablar en mi vida, seguramente más por desconocimiento mío que por falta de fama suya, porque el libro es estupendo. Ahora miraré por el google.

Publicado en on Septiembre 13, 2007 at 2:23 pm Comentarios (4)

Del nudo en el estómago

E

l amor crea un pasado como por encantamiento y nos rodea de él. Nos da, por así decirlo, la conciencia de haber vivido durante años con un ser que no hace mucho nos resultaba casi extraño. El amor es sólo un punto luminoso, y sin embargo parece apoderarse del tiempo. Hace unos días no existía, pronto dejará de existir, pero mientras existe, expande su luz tanto sobre la época que lo ha precedido como sobre la que debe seguirlo. 

Benjamin Constant, Adolphe (1816).

 

 

 

Publicado en on Julio 25, 2007 at 10:24 am Comentarios (0)

Kafkiano

ANTE LA LEY

Ante la Ley hay un guardián. Hasta ese guardián llega un campesino y le ruega que le permita entrar a la Ley. Pero el guardián responde que en ese momento no le puede franquear el acceso. El hombre reflexiona y luego pregunta si es que podrá entrar más tarde.

Es posible —dice el guardián—, pero ahora, no.

Las puertas de la Ley están abiertas, como siempre, y el guardián se ha hecho a un lado, de modo que el hombre se inclina para atisbar el interior. Cuando el guardián lo advierte, ríe y dice:

Si tanto te atrae, intenta entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda esto: yo soy poderoso. Y yo soy sólo el último de los guardianes. De sala en sala irás encontrando guardianes cada vez más poderosos. Ni siquiera yo puedo soportar la sola vista del tercero.

El campesino no había previsto semejantes dificultades. Después de todo, la Ley debería ser accesible a todos y en todo momento, piensa. Pero cuando mira con más detenimiento al guardián, con su largo abrigo de pieles, su gran nariz puntiaguda, la larga y negra barba de tártaro, se decide a esperar hasta que él le conceda el permiso para entrar. El guardián le da un banquillo y le permite sentarse al lado de la puerta. Allí permanece el hombre días y años. Muchas veces intenta entrar e importuna al guardián con sus ruegos. El guardián le formula, con frecuencia, pequeños interrogatorios. Le pregunta acerca de su terruño y de muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y al final le repite siempre que aún no lo puede dejar entrar. El hombre, que estaba bien provisto para el viaje, invierte todo —hasta lo más valioso— en sobornar al guardián. Este acepta todo, pero siempre repite lo mismo:

Lo acepto para que no creas que has omitido algún esfuerzo.

Durante todos esos años, el hombre observa ininterrumpidamente al guardián. Olvida a todos los demás guardianes y aquél le parece ser el único obstáculo que se opone a su acceso a la Ley. Durante los primeros años maldice su suerte en voz alta, sin reparar en nada; cuando envejece, ya sólo murmura como para sí. Se vuelve pueril, y como en esos años que ha consagrado al estudio del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de pieles, también suplica a las pulgas que lo ayuden a persuadir al guardián. Finalmente su vista se debilita y ya no sabe si en la realidad está oscureciendo a su alrededor o si lo engañan los ojos. Pero en aquellas penumbras descubre un resplandor inextinguible que emerge de las puertas de la Ley. Ya no le resta mucha vida. Antes de morir resume todas las experiencias de aquellos años en una pregunta, que nunca había formulado al guardián. Le hace una seña para que se aproxime, pues su cuerpo rígido ya no le permite incorporarse.El guardián se ve obligado a inclinarse mucho, porque las diferencias de estatura se han acentuado señaladamente con el tiempo, en desmedro del campesino.

¿Qué quieres saber ahora? –pregunta el guardián—. Eres insaciable.

Todos buscan la Ley–, dice el hombre. ¿Y cómo es que en todos los años que llevo aquí, nadie más que yo ha solicitado permiso para llegar a ella?

El guardián comprende que el hombre está a punto de expirar y le grita, para que sus oídos debilitados perciban las palabras:

—Nadie más podía entrar por aquí, porque esta entrada estaba destinada a ti solamente. Ahora la cerraré.

F. Kafka, El libro del hambre.

Publicado en on Junio 14, 2007 at 10:41 am Comentarios (0)

Cicerón

Q

uid autem non integrum est sapienti, quod restitui potest? Cuiusvis hominis est errare; nullius, nisi insipientis, in errore perseverare. Posteriores enim cogitationes, ut aiunt, sapientiores solent esse.

(Filípicas, 12)

Publicado en on Junio 6, 2007 at 9:08 am Comentarios (0)

De las matemáticas y otras efervescencias

 

Las penitencias calculadas

ArribaAbajo   Va a consultar a un padre jubilado
un joven frailecito,
de confesor ya aprobado,
y empieza el pobrecito
diciendo: - Yo quisiera  5
que Su Paternidad norma me diera
de aplicar penitencias competentes
a toda calidad de penitentes,
porque a las veces se me ofrece el caso
de no saber salir, padre, del paso.  10
- No se aflija por eso; tome y lea,
que en este papel va lo que desea.
Toma, se inclina y parte presuroso
con muy grande alegría,
y el manuscrito examinando ansioso  15
encuentra que su título decía:
«Lista de penitencias calculadas».
Acelerando entonces las pisadas,
a su confesionario marchó ufano
sin dejar el cuaderno de la mano,  20
y, según la tarifa, exactamente
va despachando a todo penitente.
Un quídam llega en esto y dice: - Padre,
yo tengo una comadre
alegre y juguetona de costumbre  25
y hallándola ayer sola,
el diablo, que no huelga, aplicó lumbre…
y por tres veces hice carambola.
El fraile, oyendo tal, baja la vista
y busca «carambolas» en su lista;  30
y ve que manda: «Al par de carambolas,
pues no es de general que vayan solas
y hacer dos es corriente y ordinario,
corresponde una parte de rosario».
Pierde entonces la flema  35
ante lo inesperado del problema:
pues siendo tres, dos partes no le cabe;
una es poco, y así qué hacer no sabe.
Pónese a discurrir y determina
una idea fácil y peregrina:  40
- Vaya, le dice, y busque a su comadre,
y que el hecho le cuadre o no le cuadre,
la cuarta carambola hágale al punto,
y por ésta y las otras de por junto,
con mucha devoción y gran sosiego,  45
dos partes de rosario rece luego.

Félix María de Samaniego, El jardín de Venus (h. finales s. XVIII).

Publicado en on Abril 19, 2007 at 10:23 am Comentarios (4)

La tiranía de la comunicación

«Muchos ciudadanos estiman que, confortablemente instalados en el sofá de su salón, mirando en la pequeña pantalla una sensacional cascada de acontecimientos a base de imágenes fuertes, violentas y espectaculares, pueden informarse con seriedad. Error mayúsculo. Por tres razones: la primera, porque el periodismo televisivo, estructurado como una ficción, no está hecho para informar sino para distraer; en segundo lugar porque la sucesión rápida de noticias breves y fragmentadas (una veintena por cada telediario) produce un doble efecto negativo de sobreinformación y desinformación; y finalmente, porque querer informarse sin esfuerzo es una ilusión más acorde con el mito publicitario que con la movilización cívica. Informarse cuesta y es a ese precio al que el ciudadano adquiere el derecho a participar inteligentemente en la vida democrática.»

Ignacio Ramonet, La tiranía de la comunicación. Madrid. Debate. 1998.

Publicado en on Marzo 13, 2007 at 10:57 am Comentarios (6)