Verbi gratia

9 Septiembre 2009

Estamos de acuerdo en parte, admitió don Lenocinio Vivales mientras se limpiaba del bigote unos restos de solysombra que le quedaban. Efectivamente —continuó—, con diez euros podemos comprar el doble de cosas que con cinco; y con dos manos, sí, podemos tocar el doble de teclas de un piano, llevar el doble de bolsas del supermercado o lucir el doble de relojes. ¡Pero no podemos decir, así en general, que con dos manos hacemos el doble de cosas que con una, porque hay cosas que usted jamás haría con la otra mano!

Interrúmpese aquí su razonamiento porque huelgan los ejemplos.

Párvulo

9 Junio 2009

La maestra, dictante, ortográfica y puntuacional, tenía voz de perita en dulce —cariño, creo que ya—, boquita de piñón por donde salían las metáforas y las sinécdoques con una cadencia tan así, perdida entre suspiros del poema, que siempre eran los alumnos quienes tenían que esperar por ella. Con la excepción del pequeño Lenocinio Vivales, que, como Dios se había equivocado y lo había nacido zurdo, y como todavía no se daba maña suficiente con la derecha, iba más lento que el resto de sus compañeros.

Un día, mientras les profería a los alumnos aquello de la vaquera de la Finojosa, como veía que el joven Vivales no había pasado todavía del primer verso y ella estaba ya con otros pastores, paró el dictado y le preguntó con la vara: A ver, Lenocinio, que te veo con muy poco interés, dime alguna obra del Marqués de Santillana. Para lo cual no tuvo respuesta el desdichado, aunque sí la obtuvo, ya que pudo oír entre el silencio expectante una voz soplona que le decía: ¡La maté porque era mía!  ¡La maté porque era mía!

La maestra. (Con retintín) A ver, Lenocinio, que es para hoy…

Una voz soplona y susurrante. (Entre el silencio) ¡La maté porque era mía! ¡La maté porque era mía!

Lenocinio Vivales. (Decidido) La maté porque era mía.

La maestra. (Enfurecida) ¿Ah, sí? ¡Ven aquí! ¡Poseso!

Y la bofetada, aunque no sonó a tango, fue igual de dolorosa. Dolorosa para la maestra, pues el niño Vivales, ágil como pocos, poseía unos reflejos tales que le permitieron agacharse nada más vio venir la mano, que acabó golpeando con fiereza inusitada la recia madera de castaño de que estaba hecha una estantería cercana, dando al traste con el belén de plastilina y con las falanges primera y segunda de todos sus dedos.

Ese mismo día, Lenocinio sintió que ya no era un niño y se fue al bar a buscar a su padre. Padre, ya he aprendido todo lo que me tenían que enseñar. Hijo mío, al bar se viene a beber. ¡Un solysombra! Y así dejó nuestro amigo la vida inocente, dio el estirón y se puso a correr mundo, algunas veces de la mano del Maligno. De la mano izquierda.

Querido Duarte:

 

Andas escocido, por lo que parece. No me seas cínico, que nos conocemos bien. ¿Acaso tú no plagias? ¿No eres tú quien anda soltando alegremente por la red mis desventuras? ¿Me das algo a mí a cambio, que me has convertido en el hazmerreír de ADSLandia? ¿Te he pedido alguna vez explicaciones? Mira que tienes más motivos para estar contento que indignado, así que deja en paz al muchacho —al que probablemente le envidies más la juventud de lo que él te haya enfadado la vanidad— e intercede por él si esto que has liado llegase a suponerle un perjuicio académico grave, que seguro que no lo ha hecho por joder, sino por aprobar. Y agradécele, ante todo, que te haya elegido.

¡Anda que no ha habido ocasiones en que tú mismo has podido ser acusado! Aquellos exámenes que hacías, que tanto se parecían a los de R o a los de D, o aquel tupé y aquellas patillas que le copiabas a Robert Gordon. Las zamoranas que hacías cuando venía el balón, ¿las inventaste tú, tontolculo? Y qué decir de las gilipolleces que les susurrabas a las tías: esas frases que copiabas de aquellos discos que no voy a mencionar por el respeto que me mereces, y que al final te comías tanto como yo, es decir, nada.

Anda, Duartinho, sigue a lo tuyo —a lo mío— y déjate de sonetos y de ovillejos y de crueldades, y mándame 50 euros, que te los devuelvo en cuanto me paguen a mí un dinero que me deben.

Un abrazo de tu amigo

Lenocinio Vivales P.

O algo parecido no hubo testigos dijo para sí don Lenocinio Vivales una vez que tuvo en su poder pruebas fehacientes, irrefutables y tangibles acerca de su hombría y de la trascendencia humana. Ocurrió así:

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Nocturno

19 Septiembre 2008

La Luna brillaba sobre el barrio, callado en la madrugada, íntimo ya. De repente, el reposado silencio se tensó y un orgasmo profundo, largo y femenino se echó a correr por alguna ventana afuera y fue rebotando contra las paredes del patio de luces, sonando vivo a izquierda y a derecha, arriba y abajo.

A don Lenocinio Vivales, que fumaba su insomnio apoyado en la ventana, no se le ocurrió otra cosa que gritar etílico: ¡Bravo! ¡Bravo! ¡Dale pa que tenga! ¡Bravo!, acompañando sus soeces palabras de efusivos aplausos y de gestos obscenos, y despertando así de sus sueños a la vecindad, a la que molestaron sobremanera sus voces, sus palmadas y la tos gargajeada con que concluyó su desafortunada intervención.

Aunque esta vez ―todo hay que decirlo― nuestro infeliz amigo no fue el más grosero de cuantos cromagnones poblaron el mundo, sino algún vecino indignado con el ruido, cuya réplica fue de tan poco gusto, tan incisiva y tan hiriente contra la persona de don Lenocinio y contra su difunta madre, que no es digna de reproducir. Al poco, todo volvía a estar en silencio.

Aquella noche no pasó nada más, pero a la mañana siguiente aparecieron en el buzón del señor Vivales varias notas amenazantes, anónimas todas. Entre ellas había una hojita en blanco con unos labios Margaret Astor estampados a modo de beso.